¿Por qué seguimos alimentando el organigrama del “arquitecto estrella”? Ese líder de despacho que muchas veces funge solo como una imagen vanidosa, una marca que flota por encima de proyectos que apenas conoce. Esta figura no es más que la encarnación de una cultura de la repetición; un egocentrismo que grita a los cuatro vientos: “soy arquitecto”… perdón, “soy el arquitecto”. Único en su especie, inalcanzable.
Puede que tenga la gracia de Le Corbusier y la sangre de Mies van der Rohe corriendo por sus venas, pero detrás de él, en la penumbra de las mesas de dibujo, hay un grupo de personas sin nombre, sin título en la placa de la entrada y sin el aplauso por sus logros. Individuos con sueños y aspiraciones marcadas por un solo propósito: la esperanza de que, algún día, sea su nombre el que esté en ese reconocimiento, en esos planos, en esa cuenta… en ese despacho, con otros “subordinados” ocupando su lugar actual.
Como bien se ha dicho: el oprimido comúnmente cree que la manera de salir de su estado de opresión es convirtiéndose en opresor.
En nuestra formación nos inyectaron este modelo jerárquico y vertical. Un esquema donde la cabeza delega funciones a subordinados: dibujantes, proyectistas, supervisores y administradores. Todo es parte de un todo, sí, pero con un rol marcado por una jerarquía social de “conocimiento” que ignora el mérito y el valor real de la responsabilidad compartida.
El problema surge cuando el mejor cliente de un arquitecto es su propio ego. La distinción de rangos solo genera descontento: el subordinado no hace lo que se requiere porque no se siente parte de la obra, y el superior no brinda las herramientas necesarias porque solo ve piezas intercambiables. El descontento se traduce en un abismo: para el subordinado, el superior siempre se equivoca; para el superior, el subordinado nunca es suficiente.
Francis Kéré lo dijo con una claridad que incomoda: “Es la comunidad la que levanta los edificios”. Hablamos de un nombre, pero deberíamos aplaudir la idea, porque es de la idea —y no del nombre— de donde surge el cambio hacia un futuro distinto.
La arquitectura especulativa perdió vigencia hace años, pero los despachos se aferran a modelos hechos a su medida, olvidando que la arquitectura debería ser, ante todo, un acto social. Nos quejamos de que la “mano de obra es mala”, pero nos negamos a ver la realidad: la mano de obra es deficiente porque nos hemos negado a capacitarla, porque la hemos mantenido al margen de la inteligencia del proyecto.
Frente a la verticalidad del ego, surge la horizontalidad de la cooperativa. No es solo un modelo de negocio; es un sistema de democracia administrada por socios. Aquí, la toma de decisiones no depende de quién tiene el apellido en la puerta, sino de una política de igualdad y transparencia.
Una cooperativa es:
Autonomía y Autoayuda: Donde el fondo se constituye del ahorro y el aporte de todos.
Contribución Equitativa: Inversión, trabajo y ahorro con beneficios colectivos.
Educación y Capacitación: Si el conocimiento no se comparte, no hay desarrollo. La maestría debe ser colectiva.
Solidaridad: Una mancomunidad que entiende el compromiso social como el motor del progreso.
En una cooperativa, la estructura se basa en la Asamblea de Socios. Un miembro, un voto. Las decisiones las toma la mayoría. Se trabaja en igualdad de condiciones porque se entiende que el éxito de la obra es el bienestar del grupo. Es la Ley General de Sociedades Cooperativas hecha arquitectura.
Es momento de abandonar la jerarquía del conocimiento y abrazar el mérito del trabajo colectivo. La vivienda, el barrio y la ciudad no necesitan más ídolos; necesitan más socios, más comunidad y más respeto. Quizá, cuando dejemos de mirar nuestro propio reflejo en el cristal del despacho, podamos empezar a ver a quienes están a nuestro lado levantando el muro.
Porque al final del día, las piedras no hablan del arquitecto; hablan de quienes las pusieron ahí, con la esperanza de que ese espacio, por fin, les perteneciera.