LA VIVIENDA DE PERTENENCIA: El retorno al hogar

La vivienda ha mutado su significado. En el trayecto de la historia, la manera de habitar y diseñar nos ha vuelto dependientes de sistemas ajenos, rompiendo el vínculo primordial con nuestro entorno. Es momento de cuestionar el respeto y la pertenencia. Del latín VIVENDA: “cosas con que o en que se ha de vivir”; y del latín VIVENDUS: “lo que ha de vivirse”.

Introducción

Caminaba por la ciudad, perdido entre enormes pilas de ladrillos que se hacen llamar “viviendas”. En ese tránsito eterno de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, el recorrido se vuelve una inercia: a veces bajo el calor del asfalto que quema los pies, a veces bajo el frío del agua sobre la frente. En esta rutina, el único momento de seguridad aparente ocurre al llegar y descansar. La sombra y el calor de un techo nos separan de la intemperie y las dificultades del exterior, de los peligros y las incomodidades de la urbe.

Pero no siempre fue así.

Breve historia de la vivienda

Hace milenios, antes de que la vivienda fuese una “casa” y habitáramos ciudades de concreto, el hombre vagaba por territorios indómitos. Buscaba alimento durante el día y una cueva donde pasar la noche. A la mañana siguiente, el ciclo se repetía: travesía, recolección y supervivencia. Ese era su modo de vivir.

Hasta hace 10,000 años, el ser humano no tenía intención alguna de quedarse quieto. Fue el aprovechamiento del cultivo lo que marcó la diferencia. Aquel momento mítico en el que un individuo convenció a los demás de que podían multiplicar los granos de cebada —porque aceptémoslo: algún antepasado quiso prolongar la fiesta y, además de inventar el primer after, creó la agricultura—. Supieron entonces que, si esperaban el tiempo suficiente, podrían maravillarse con la fertilidad del mundo.

La espera se transformó en meses; los meses en estaciones. La rutina se convirtió en cultura, y la cultura en una maestría heredada generación tras generación. Aquella cueva, refugio de viajeros, fue suplantada por estructuras elaboradas con la piedra y el tronco del lugar. Las necesidades más básicas forjaron el refugio: Alimento, Salud, Descanso y Sexo. Aparecieron cuartos para dormir, espacios para cocinar y áreas para socializar. La agricultura nos había marcado para siempre; la naturaleza podía ser aprovechada con respeto y paciencia. Lamentablemente, la paciencia duró poco… y el respeto se perdería para siempre.

De ramas a adobe

Tras satisfacer sus necesidades, los individuos comenzaron a estrechar lazos. Nuevas personas con quienes compartir intimidad y afecto se sumaron al núcleo. Cuando la vivienda de ramas y tierra les quedó chica, buscaron estructuras más complejas y sistemáticas: las ciudades.

Existió una vez una ciudad de barro, el primer asentamiento de su tipo. Las construcciones aprovechaban el material del sitio, irguiéndose como cuevas fabricadas por sus propios habitantes. Ahí, la distinción de clases no existía; diferentes grupos familiares cohabitaban un mismo espacio. Es curioso que “hogar” provenga del latín focus, fuego. El fuego siempre fue símbolo de comunión; una pila de troncos encendida significaba alimento, culto y protección. Las danzas humanas nacieron imitando el movimiento rítmico y aleatorio de las llamas.

Esa ciudad de barro protegió y alimentó a su población durante dos milenios. Incontables hombres y mujeres vivieron y murieron ahí; sus sueños radicaban en la supervivencia constante y, sin saberlo, marcaron el rumbo de la humanidad. Pero el hacinamiento y las complicaciones de la vida urbana mermaron lo que fue la primera urbe a medida. El hombre miró hacia nuevos modelos de organización y jamás volvió la vista atrás. Çatalhöyük quedaría abandonada y olvidada.

Dejando la agricultura

La distinción de clases —inédita hasta entonces— fue el detonante para que grupos minoritarios se especializaran en oficios como la alfarería o la ganadería. El individuo se volvió independiente de la tierra porque ya había quien la trabajara para él. La facilidad de obtener alimento sin poseer suelo convirtió al intercambio en un sistema donde surgió un único interés: el económico.

La tierra se transformó en un medio de producción y la vivienda en un símbolo de estatus. La arquitectura dejó de poseer un espacio para producir subsistencia. La “boca” con la que se alimentaba el hogar, aquello que unificó al hombre en torno al fuego, fue desplazada por un concepto banal y egoísta.

Industrialización de la agricultura

Con el tiempo, los procesos se refinaron. La maquinaria del progreso definió qué recurso se emplea y cuánto vale. Las hogueras donde muchos se reunían se transformaron en hornos de microondas, donde pocos calientan alimento congelado. No sabemos de dónde viene, pero seguramente de una granja industrial a miles de kilómetros que alguna vez fue un bosque o un lago. No importa, pues bajo la lógica actual, la tierra es solo tierra y cualquier centímetro es explotable.

¿Tan mal estamos?

La comida siempre ha diseñado el urbanismo de las ciudades. La agricultura no desaparece, solo cambia de forma; cada siglo la fórmula se reinterpreta. Sin embargo, la simplicidad suele ignorarse ante respuestas rebuscadas. El modelo económico prevalece sobre la bastedad y la suficiencia.

Si hubiésemos imaginado que al dejar la cueva perderíamos el mundo a cambio de un pedacito de asfalto, o que cambiaríamos el sentido de pertenencia por una sociedad muerta en su corazón, quizá habríamos mirado atrás. Quizá Çatalhöyük era una advertencia sobre la falsedad de nuestras acciones y, principalmente, sobre la falsedad de nuestras viviendas.

La vivienda como herramienta de vida

Si ya hemos abandonado la cueva, quizá pronto abandonemos el cultivo. Una vivienda que no ejerce su papel como herramienta para satisfacer las necesidades primordiales no es más que un cúmulo de materiales; un espacio inerte al ego, lleno de caprichos pero vacío de esencia. Llenamos el ojo, pero mantenemos el estómago vacío. Nuestras azoteas son solo el recuerdo del suelo que le robamos a la tierra.

El monolito que habitamos parece indiferente al tiempo. Decidimos compensar la hoguera con cuatro paredes cerradas, ignorando las hostilidades del exterior en lugar de combatirlas con comunidad. El calor es lo único que marca la diferencia entre la vida y la muerte; el cuerpo transforma el alimento en calor, igual que el cultivo alimenta el hogar.

Hace 52 años, dos ecologistas, Bill Mollison y David Holmgren, desarrollaron un sistema agrícola estable que terminaría siendo una solución no solo para la tierra, sino para la arquitectura: la Permacultura. Pero eso será en otra ocasión.

Conclusión

Si en el futuro lejano buscamos terraformar planetas, nuestra tendencia como agricultores es obvia. Las sociedades humanas deben aprender a satisfacer sus necesidades dentro de límites ecológicos coherentes. La vivienda puede y debe producir un modelo de vida sustentable: asentamientos en armonía con el hábitat.

Como dice Carolyn Steel: “La comida da forma a nuestro mundo; si lo entendemos, podemos usarla como una herramienta de diseño poderosa para darle al mundo otra forma”.

¿Cuándo dejamos de pertenecer? ¿Cuándo destacamos tanto que dejamos de compaginar con nuestro contexto? En una “arquitectura de pertenencia”, la naturaleza del edificio habitable recae sobre sus valores. Una vivienda que mimetiza con el entorno y mira a sus semejantes es una vivienda de respeto. Nuestra construcción debería hablar de comunión, de raíces y de identidad cultural.

Los muros deben expresar su origen mediante el lenguaje de sus materiales; “las piedras hablan”. Recuperemos el pasado para corregir la ruta. El respeto al ayer nos abre paso a un futuro próspero, devolviendo el valor estético y la humildad a una vivienda hecha para habitar y compartir. Solo con respeto consolidamos identidad. Alguna vez habitamos cuevas; hoy es tiempo de volver a sentirnos humanos.

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